Nadie vive solo

Alex R. Bruce


© Álex R. Bruce, 2020
© de esta edición digital:
Líbere Letras, 2020
Asociación Líbere, Educación y Desarrollo,
bajo licencia CC-BY-NC-SA
© de las fotografías de portada:
Ismael Llopis, 2020
(Originales en momo-mag.com)
Diseño web:
Eduardo Gayo López


Recibí una carta del Padrón Municipal que declaraba que en mi piso vivían cuatro mujeres. En caso de que esta información no fuera cierta, se me instaba a rectificarla en la Oficina de Empadronamiento.

—Toda esta gente ya no vive en mi casa. Perdone que no lo haya comunicado antes.

—No se preocupe… —me contestó el funcionario—. Nadie vive solo.

La afirmación de aquel hombre de gruesas gafas quedó vibrando en mi mente como la revelación de un secreto que, hasta entonces, se me hubiera mantenido oculto.

La calle era una inquietud de clavículas y plexos ondulantes, ideas inconexas, visiones cegadoras de las que hui para refugiarme tras una mujer caballo, una niña acróbata, una excursión de japoneses que bajaban por la escalera mecánica, hasta llegar a un vagón donde hallé el consuelo de los lamentos subterráneos. Delante de mí, un niño succionaba con deleite un polo de color azul.

Pensé en el primer nombre de la lista, Silvia Martínez Gual, una mujer a quien no conocía. Pero había trazas de su presencia en los armarios de plástico, en los azulejos con motivos marinos, en los rodapiés masticados por un pequeño animal. La imaginaba morena, de pelo corto, no muy limpio, administrativa de la Generalitat Valenciana. Se habría ido del piso tras una discusión con la dueña para mudarse a una casa donde plantaría un huerto que apenas cuidaría tres meses.

Había amado la liviana presencia de Cécile Leduc, el segundo nombre de la lista. Si pudiera medirse la huella de carbono de alguien, la suya sería sin duda insignificante. Si no me asomaba a su habitación era incapaz de saber si estaba en casa. Jamás vi un plato suyo en la cocina. Solo una vez encontré en el lavabo un disco desmaquillante con un resto de sombra de ojos. Se fue también sin hacer ruido. Ojalá me hubiera avisado antes.

A Kasia Lukasik le molestaba el ruido del ascensor por la noche, le molestaba que hubiera tramos de la ciudad sin carril bici y le molestaba algo de mí que nunca me acabó de explicar. Se fue a un piso que estaba 500 metros más cerca de su trabajo. Nunca pensé que hubiera disfrutado de su estancia en Valencia, pero años después me escribió hablándome de lo mucho que me echaba de menos. Al parecer habíamos sido buenos amigos, aunque yo no conseguía recordarlo.

El eco de mis pasos al atravesar el umbral me impulsó a rebuscar en el fondo de la estantería, apartando fotos y libros, hasta alcanzar el regalo que me hizo Irene Sorribes Parra las navidades que pasó en mi casa: una colección de vasos de licor que nunca salió de su caja. Volqué los vasos sobre la mesa como si fueran piezas de un juego; los dispuse en línea, después en forma de cuadrado y luego apilados verticalmente hasta erigir una torre. Me alejé para contemplar la fina columna transparente que se alzaba frente a la ventana. Estiré los brazos y, juntando índices y pulgares, apunté al vaso de arriba. Un disparo lo haría saltar tan rápido que el resto de la torre permanecería intacta. A Irene le hubiera encantado. Probablemente no habría sido buena idea tener una pistola en casa. No habría sido yo quien apretase el gatillo. Aunque una vez me levanté de la mesa y me puse a berrear como una bestia. Ella me miró en silencio y me preguntó si debía temerme.

La noche que quise matar la relación, Irene me llamó para que mirara por la ventana. En el edificio de enfrente, una joven se probaba vestidos con la luz encendida. Tenía los pechos preciosos, iba sin sujetador y no paraba de cambiarse. Irene la espiaba excitada, como un personaje de Brian de Palma. Yo luchaba contra la tentación de bajarle los shorts a ella. Intenté ponerme serio, pero Irene me interrumpió para decirme que la chica había vuelto a desnudarse. La depravación era sublime en su mundo de fantasía, ese que no volvería a vivir nunca, porque al final de la noche hubo lágrimas y gritos, y el cisne murió degollado.

La columna de vasos partía la pantalla en dos. Cuando conecté el televisor apareció el canal que solíamos ver juntos: BBC News. Lo veíamos para aprender inglés, pero un día observamos que todos los presentadores tenían la boca torcida, como si fuera un requisito imprescindible para trabajar en la cadena. Yo intentaba concentrarme en las noticias, pero ella solo se fijaba en las bocas de los presentadores. En la pantalla, ahora, Yalda Hakim relataba las últimas noticias de la crisis de Oriente Próximo. Cuando dio paso a la corresponsal en el Líbano, solo vi la mueca de sus labios. Después empezó un programa de entrevistas y comprobé anonadado que a la presentadora también se le torcía la boca. Meses atrás, hubiéramos estado rodando por los suelos de la risa.


3 thoughts on “Nadie vive solo

  1. Me encanto !!!
    Muchas gracias !
    Y además de estos ser con los cuales nos hemos cruzados virtualmente o realmente, están los demás !!! Ajaja ! Nunca estamos solos en casa !
    Gracias por este relato !

  2. Después de «Sara y el Tigre amnésico», me ha encantado leer este relato! Me gusta esta manera en la que el lector se siente identificado con el estado emocional de los personajes! Nunca estamos solos. Sigue siendo igual de emocionante leerte Alex R. Bruce.

    1. Muchas gracias a las dos por leerme. Me alegra mucho que conectéis con mis historias. Pronto podréis leer alguna más. 🙂

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