El hombre que plantaba árboles

Jean Giono

Título original:
L´homme qui plantait des arbres
© Jean Giono, 1953
(Obra cedida por el autor al dominio público)
© de la traducción:
Lola Montero Cué, 2020
© de esta edición digital:
LíbereLetras, 2020
bajo licencia CC-BY-NC-SA
Diseño Web:
Eduardo Gayo López


relato, clásico contemporáneo, naturaleza, Editorial


Para que el carácter de un ser humano revele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la suerte de poder observar su acción durante muchos años. Si dicha acción está libre de todo egoísmo, si el propósito que la impulsa es de una generosidad sin falla, si es absolutamente cierto que no ha buscado recompensa alguna y que, además, ha logrado dejar una huella palpable en el mundo, entonces podemos afirmar, sin riesgo de error, que se trata de una personalidad fuera de lo común.

Hace unos cuarenta años emprendí una larga marcha a pie a través de unos montes completamente alejados de las rutas turísticas, en esas soledades ancestrales de los Alpes que se adentran en la región de la Alta Provenza.

La comarca limita al sureste con el curso medio del río Durance, entre los pueblos de Sisteron y Mirabeau. Al norte, la cierra el curso alto del Drôme, desde su nacimiento hasta Die, y al oeste topa con las llanuras del Comtat Venaissin y las estribaciones de Mont-Ventoux. Así, ocupa la parte más septentrional de los Bajos Alpes, el sur del Departamento de Drôme y un pequeño enclave del Departamento de Vaucluse.

El año en que inicié mi andadura, aquello no eran más que eriales, páramos desnudos y monótonos entre 1200 y 1300 metros de altitud. Tan solo crecía en ellos la lavanda silvestre.

Mi ruta atravesaba la comarca por su parte más ancha y, después de tres días caminando, me condujo a un paraje desolado como pocos. No había bebido nada desde el día anterior y necesitaba encontrar agua. Acampé junto a las ruinas de un pueblo abandonado. El laberinto de escombros que formaba, como un viejo nido de avispas, me hizo pensar que probablemente habría habido una fuente o un pozo en el pasado. Las cinco o seis casas del pueblo, sin techo, mordidas por el viento y la lluvia, y la pequeña capilla, con su campanario en ruinas, se veían aún recogidas por dentro como las de las aldeas habitadas. Sin embargo, no había en todo el lugar el más nimio indicio de vida. Encontré, en efecto, una fuente, pero estaba seca.

Aquel era un hermoso día de junio con un sol resplandeciente, pero en esas tierras desabridas, pegadas al cielo, el viento soplaba con una rudeza insufrible. Rugía entre los esqueletos de las casas como un animal salvaje al que hubieran perturbado mientras comía.

Tuve que seguir camino. Cinco horas de marcha después todavía no había encontrado agua, y nada me daba esperanzas de que fuera a encontrarla. La misma tierra yerma, los mismos matorrales leñosos se extendían por doquier. En cierto momento, me pareció ver en la distancia una pequeña silueta negra, erguida, que tomé por el tronco de un árbol solitario. Me dirigí hacia él, como hubiera podido dirigirme hacia cualquier otra parte. Era un pastor. A su alrededor, tendidas en el suelo ardiente, descansaban unas treinta ovejas.

El hombre me dio de beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me llevó a su redil, situado en una ondulación de la meseta. Extraía su agua –excelente, por cierto– de un orificio natural muy profundo sobre el que había instalado una polea rudimentaria.

Aquel hombre hablaba poco, como suele sucederle a los solitarios, pero se le presentía seguro de sí mismo y confiado en su suerte. Resultaba insólito, en esa tierra despojada de todo. No vivía en una cabaña, sino en una verdadera casa de piedra en la que era bien patente la hacendosa labor de sus manos reconstruyendo las ruinas que habría encontrado al llegar. El techo era sólido e impermeable. El viento, al golpearlo, hacía sonar las tejas como olas arreciando en las arenas de una playa.

La casa estaba en orden; los platos, limpios; el suelo de madera, barrido; el rifle, engrasado; la sopa, hirviendo sobre el fogón. Observé también que su afeitado era reciente, que todos los botones de su chaqueta estaban bien cosidos y sus ropas, zurcidas con una meticulosidad que hacía el remiendo invisible.

Compartió su sopa conmigo y, al ofrecerle yo tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, se mostraba amable, sin servilismo.

Desde nuestro encuentro habíamos dado por sentado que yo pasaría la noche allí; la aldea más cercana quedaba a más de un día y medio de camino. Además, yo conocía perfectamente el carácter de los cuatro o cinco pueblos de la región, desperdigados en las laderas de los montes o en las lindes de los robledales blancos, siempre al término de los caminos transitables. Lugares donde se malvive, habitados por carboneros y sus familias, abocadas por la rudeza del clima a aferrarse las unas a las otras, tanto en verano como en invierno, en un aislamiento que exacerba el egoísmo y alimenta una ambición irracional: el deseo inalcanzable de escapar de allí para siempre.

Los hombres llevan el carbón vegetal a la ciudad en sus camiones y luego regresan. El carácter más recio se quiebra sometido de continuo a la experiencia de semejante contraste. Las mujeres cuecen rencores. Se compite por todo, por la venta del carbón y por el banco de la iglesia; hay luchas entre virtudes, y también entre vicios, y vicios y virtudes compiten asimismo en un caos sin fin. Y a ello se suma el viento, exasperando los nervios sin descanso. Los suicidios se suceden en epidemia y, cuando se desata la locura, casi siempre resulta funesta. El pastor que no fumaba fue a buscar una bolsita con bellotas y la vació sobre la mesa. Comenzó a examinarlas una a una con gran atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa. Me ofrecí a ayudarlo. Me dijo que aquello era asunto suyo. Viendo el cuidado que ponía en la tarea, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación de aquella noche. Cuando el hombre tuvo un montón bastante grande de bellotas en el lado de las buenas, las fue separando y contando de diez en diez. Al hacerlo, volvía a desechar las más pequeñas o las que estaban ligeramente agrietadas, tras examinarlas muy de cerca. Cuando hubo juntado cien bellotas perfectas, dio su tarea por terminada y nos fuimos a dormir.

La compañía de ese hombre procuraba paz. Así que, a la mañana siguiente, le pedí si podía quedarme descansando una jornada más en su casa. Le pareció bastante natural o, más precisamente, me dio la impresión de que nada podía molestarle. El descanso no me era imprescindible, pero el hombre me había intrigado y quería conocerlo mejor. Él sacó a su rebaño y se lo llevó a los pastos. Antes de partir, sumergió en un cubo de agua la bolsita donde había puesto las bellotas cuidadosamente seleccionadas y contadas.

Observé que, a modo de bastón, llevaba una varilla de hierro del grosor de su pulgar y de un metro y medio de largo. Simulando caminar sin rumbo fijo, tomé una senda paralela a la suya. Los pastos a los que conducía a sus animales estaban al fondo de un valle. Al llegar, dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y comenzó a caminar en mi dirección. Tuve miedo de que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no fue el caso: en realidad, esa loma en la que me encontraba estaba en su camino y, al pasar, me invitó a acompañarlo, si no tenía nada mejor que hacer. Nos detuvimos doscientos metros más allá, monte arriba.

Cuando llegó al punto deseado, clavó su vara de hierro en el suelo, hizo un agujero, metió en él una bellota y luego lo tapó de nuevo. Estaba plantando robles. Le pregunté si la tierra era suya. Él respondió que no. ¿Sabía de quién era? No, no lo sabía. Suponía que era terreno comunal o, tal vez, propiedad de alguien que la había dejado abandonada. A él le daba igual a quién perteneciera. Con sumo cuidado, terminó plantando cien bellotas.

Después del almuerzo comenzó de nuevo a clasificar semillas. Creo que insistí lo suficiente en mis preguntas, porque terminó contestándolas. Llevaba tres años sembrando bellotas en ese erial. Ya iban cien mil. De esas cien mil, veinte mil habían brotado. De esos veinte mil brotes, todavía esperaba perder la mitad a causa de los roedores o de todo lo que es imposible prever en los designios de la providencia. Quedarían diez mil robles jóvenes que crecerían en ese lugar, donde antes no había nada. Fue entonces cuando me interesé por la edad de ese hombre. Era obvio que tenía más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Había pasado toda su vida cuidando de su granja, en la llanura. Tras perder a su único hijo y, después, a su esposa, se había retirado a las soledades, donde disfrutaba de una vida lenta, con sus ovejas y su perro. Pensaba que aquella tierra estaba muriendo por falta de árboles, así que, al no tener ninguna ocupación muy importante, había decidido poner remedio a la situación.

En aquel momento, a pesar de mi juventud, yo también llevaba una vida solitaria, por lo que sabía cómo tocar la fibra sensible de almas como la mía. Sin embargo, fui un poco torpe. Mi juventud, precisamente, me forzaba a imaginar el futuro en función de mí mismo y de una cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que, en treinta años, esos diez mil robles serían magníficos. Me respondió con toda humildad que, si Dios le daba suficientes años de vida, en treinta años plantaría tantos otros que esos diez mil serían como una gota de agua en el océano.

De hecho, ya estaba estudiando cómo reproducir hayas, de las que se había hecho un vivero a partir de semillas cerca de su casa. Los brotes, que había protegido de sus ovejas con una cerca de alambre, eran hermosos. También estaba pensando en plantar abedules en los valles donde, según dijo, había algo de humedad bajo tierra, a pocos metros de la superficie del suelo. Al día siguiente, nos separamos.

Un año después se declaró la Gran Guerra, que me engulló durante cinco años. Como soldado de infantería, los árboles estaban lejos de ser mi primera preocupación y, honestamente, la historia de aquel hombre no me había dejado huella. Plantaba árboles, había pensado yo en aquel tiempo, como otros coleccionan sellos. Y después, lo había echado en el olvido.

Sin embargo, una vez liberado de la Guerra, me encontré con el usufructo de una prima minúscula de desmovilización y con un gran deseo de respirar un poco de aire puro. Sin ninguna idea preconcebida –excepto esa misma– retomé el camino de aquellas alturas desiertas.

La comarca no había cambiado, pero al pasar de nuevo por la aldea muerta en la que me había detenido por primera vez en el pasado, vi a lo lejos una especie de niebla gris que cubría las lomas como una alfombra. Entonces recordé al pastor que plantaba árboles. Diez mil robles, pensé para mí mismo, ocupan realmente un espacio muy grande. Durante cinco años había visto morir a demasiada gente como para no ser capaz de imaginar sin dificultad la muerte de Elzéard Bouffier. Sobre todo porque, cuando tienes veinte años, crees que no hay más futuro que ese para un viejo de cincuenta. Pero Elzéard Bouffier no estaba muerto. Al contrario, se conservaba bastante bien. Había cambiado de trabajo: ya solo le quedaban cuatro ovejas, pero ahora poseía unas cien colmenas. Se había deshecho de las ovejas porque ponían en peligro sus plantaciones de árboles. Por extraño que pudiera parecer (y pude comprobarlo personalmente) la Gran Guerra no le había afectado en absoluto. El hombre había seguido plantando sus semillas, imperturbable.

Los robles de 1910 tenían ya diez años y eran más altos que él y yo. El espectáculo era impresionante. Me dejó literalmente sin palabras y, como él tampoco hablaba, pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque. Ocupaba, dividido en tres tramos, once kilómetros de largo y tres de ancho máximo. Si uno recordaba que todo había salido de las manos y del alma un pastor –sin ningún artificio técnico–, era posible creer que los hombres pudieran ser tan eficaces como un dios en algo que no fuera pura destrucción.

El pastor había continuado con su plan, y las hayas, que me llegaban a los hombros y se extendían hasta donde alcanzaba la vista, lo atestiguaban. Los robles eran ahora robustos y habían pasado la edad en que estuvieron a merced de los roedores; en cuanto a la providencia, para destruir la obra creada tendría ya que recurrir, por lo menos, a un buen ciclón. El hombre me mostró unos admirables bosquecillos de abedules que tenían cinco años (es decir, databan de 1915, la época en que yo combatía en Verdún). Había poblado con ellos todas las hondonadas donde sospechó, certeramente, que habría humedad casi a ras del suelo. Se veían tiernos y decididos, como unos adolescentes.

Aquella creación parecía, además, haber tomado sus propias riendas. Eso no le interesaba a él, que continuaba con obstinación su humilde tarea de plantar bellotas. Sin embargo, al descender por el pueblo vi que el agua fluía por los cauces de arroyos que, hasta donde la memoria recordaba, siempre habían estado secos. Fue la reacción en cadena más asombrosa que he visto en mi vida. Esos cauces secos habían no obstante transportado agua en tiempos remotos. Algunas de las tristes aldeas que mencioné al principio de mi historia habían sido construidas sobre los yacimientos de antiguos asentamientos galorromanos, de los que todavía quedaban vestigios que los arqueólogos habían excavado, encontrando anzuelos en lugares en los que, en el siglo XX, había que utilizar cisternas para obtener un poco de agua.

El viento también contribuía a la tarea, dispersando semillas. Así que, al reaparecer el agua, habían vuelto asimismo los sauces, las mimbreras, los prados, las flores, los jardines y también las razones para seguir viviendo. Aun así, la transformación se producía con tal lentitud que se había ido acoplando al ritmo de lo cotidiano sin causar sorpresa. Los cazadores que subían a las soledades en busca de liebres o jabalíes habían notado la profusión de pequeños árboles, pero lo habían atribuido a la picardía natural de la tierra. Esa era la razón por la que nadie perturbaba la obra de aquel hombre. Si se hubiera sospechado que todo aquello era fruto de su labor, lo habrían importunado. Pero eso era imposible. ¿Quién habría podido imaginar, ni en los pueblos ni en las administraciones, tal obstinación nacida de la más pura generosidad?

A partir de 1920 no dejé pasar más de un año sin visitar a Elzéard Bouffier. Jamás lo vi flaquear o presa de la duda. Y, sin embargo, ¡el mismísimo Dios sabe cuánto aprieta! Nunca traté de contar sus sinsabores pero, para alcanzar tal éxito, no cabe duda de que tuvo que superar mucha adversidad. Y luchar contra la desesperación para asegurarse la victoria de una pasión como la suya. Cierto año plantó más de diez mil arces. Todos ellos murieron. Al año siguiente abandonó los arces y retomó las hayas, que terminaron creciendo aún mejor que los robles.

Para tener una idea más o menos precisa del carácter excepcional de ese hombre no debemos olvidar que actuaba en la más absoluta soledad; tan absoluta que, hacia el final de su vida, había perdido el hábito de hablar. O tal vez no veía ya la necesidad de hacerlo. En 1933 recibió la visita de un guardabosques estupefacto. El funcionario le ordenó que no encendiera fuego en el exterior, por temor a poner en peligro el crecimiento de ese bosque natural. Era la primera vez, decía el ingenuo, que se había registrado la aparición espontánea de un bosque. En aquella época, Elzéard plantaba hayas a doce kilómetros de su casa. Para evitar el trayecto de ida y vuelta –porque en ese momento tenía ya setenta y cinco años– había previsto construir una cabaña de piedra en el mismo lugar de sus plantaciones, cosa que hizo al año siguiente.

En 1935, una delegación administrativa completa vino a examinar el «bosque espontáneo». La constituían un alto cargo del Departamento de Aguas y Bosques, un diputado y personal técnico. Se dijeron muchas palabras inútiles. Se decidió que había que hacer algo y, afortunadamente, nunca se hizo nada, excepto lo único que había que hacer: poner el bosque bajo la protección del Estado y prohibir la actividad de los carboneros. Porque era imposible no quedarse prendado de la belleza de aquellos árboles jóvenes y robustos. Hasta el diputado se había sentido subyugado.

Uno de los agentes forestales de la delegación era amigo mío, y no por casualidad. Conocía el valor de las cosas y sabía mantener la boca cerrada. Así que le expliqué el misterio y, a la semana siguiente, fuimos los dos a buscar a Elzéard Bouffier. Lo encontramos trabajando a veinte kilómetros de donde se había realizado la inspección.

Le ofrecí algunos huevos que había traído como regalo, compartimos nuestra merienda y pasamos más de tres horas en la silenciosa contemplación del paisaje. El lado desde el que habíamos llegado estaba cubierto de árboles de seis a siete metros de altura. Recordé el aspecto de aquella tierra en 1913, un erial…

El trabajo apacible y constante, el aire puro de las alturas, la frugalidad y, sobre todo, la serenidad interior habían dado a aquel anciano la salud casi solemne de un atleta del cielo. Me pregunté cuántas hectáreas más cubriría con sus árboles.

Antes de partir, mi amigo se limitó a hacer una pequeña sugerencia sobre algunas de las especies para las que la zona parecía ser adecuada. No insistió. «Por la simple razón –me dijo después– de que este hombre sabe más que yo». Tras una hora de marcha, como si no hubiera dejado de pensar en ello, añadió: «Sabe mucho más que cualquiera. Ha encontrado una forma extraordinaria de ser feliz».

Gracias a ese agente forestal no solo se preservó el bosque, sino también la felicidad de Elzéard. Asignó la protección de la zona a tres guardabosques y los aterrorizó de tal manera que permanecieron insensibles a cualquier soborno que los carboneros pudieran haberles ofrecido.

La obra de Elzéard solo corrió grave peligro durante la Guerra de 1939. Como los automóviles funcionaban en aquel entonces con gasógeno, nunca había suficiente madera, así que empezaron a talarse los robles de 1910. Pero esas tierras están tan alejadas de todas las redes de carreteras que la empresa resultó una ruina y fue abandonada. El pastor no se percató de nada. Se encontraba por aquel entonces a treinta kilómetros de distancia, siguiendo pacíficamente con su labor e ignorando la Guerra del 39 como había ignorado la del 14.

La última vez que lo vi fue en junio de 1945. Tenía ochenta y siete años cuando yo volví una vez más a aquellas soledades. Aunque, por entonces, y a pesar del deterioro que la Guerra había causado en la comarca, había ya un autobús que hacía el trayecto entre el valle del Durance y las montañas. Culpo a este medio de transporte relativamente rápido del hecho de no haber reconocido los lugares de mis paseos precedentes. Me pareció que el itinerario me conducía por parajes desconocidos. Necesité el nombre de un pueblo para darme cuenta de que me encontraba, en realidad, en aquella región otrora desolada y en ruinas.

El autobús me dejó en Vergons.

En 1913, cuando la visité por primera vez, aquella aldea de diez a doce caserones estaba habitada tan solo por tres rudos tramperos que se detestaban mutuamente y vivían casi en el estado físico y moral de los hombres prehistóricos. Lo único que podían esperar era la muerte entre las casas abandonadas y plagadas de ortigas: una situación que predispone bien poco a la virtud. Todo había cambiado. Hasta el aire. En lugar de las ráfagas secas que en otras ocasiones me habían dado su violenta bienvenida, soplaba una brisa suave y perfumada. Un sonido similar al del agua venía de las alturas: era el viento en los bosques. Más sorprendente aún, terminé escuchando el gorgeo real del agua cayendo a un pilón. Se había construido una fuente que corría abundante y lo más conmovedor era que a su lado había plantado un tilo de unos cuatro años, a juzgar por su tamaño, símbolo indiscutible de la resurrección de la que estaba siendo testigo.

Además, Vergons mostraba indicios de un esmero que no habría sido posible sin esperanza. Los escombros habían desaparecido, al igual que los fragmentos derruídos de los muros, y se habían reconstruido cinco casas. La aldea tenía ahora veintiocho habitantes, incluidos cuatro hogares jóvenes. Las casas nuevas, enlucidas con yeso fresco, estaban rodeadas de huertas donde crecían hortalizas y flores, coles y rosas, puerros y bocas de dragón, apio y anémonas, mezclados, pero bien alineados. Ese lugar daba ahora deseos de vivir. Así que la esperanza tamibén había vuelto.

Seguí mi camino a pie. La Guerra de la que acabábamos de salir no había permitido que la vida floreciera por completo, pero Lázaro estaba ya fuera de la tumba. En las faldas de los montes vi pequeños campos de cebada y centeno creciendo; en el confín de los estrechos valles refulgía el verde de algunas praderas.

Han bastado ocho años más para que toda la comarca resplandezca de vitalidad. En el pueblo en ruinas al que llegué por primera vez en 1913 hay ahora granjas bien limpias y ordenadas que dan muestras de una existencia feliz y confortable. Las viejas fuentes, alimentadas por las lluvias y las nieves que retienen los bosques, han vuelto a fluir de nuevo. El agua se ha canalizado. Al lado de cada granja, en bosquecillos de arces, los flancos de los estanques desbordan de mentas frescas. Las aldeas se han ido reconstruyendo gradualmente y una población venida de las llanuras, donde la propiedad de la tierra es cara, se ha asentado en la comarca, trayendo con ella juventud, dinamismo y espíritu de aventura. Por los caminos transitan hombres y mujeres bien nutridos, niños y niñas que ríen con ganas y han recuperado el gusto por las fiestas campestres. Si contamos los antiguos habitantes –irreconocibles tras años de vida apacible– y los recién llegados, más de diez mil personas deben su felicidad a Elzéard Bouffier. Cuando pienso que un solo hombre, que no contaba con nada más que su propia fuerza física y moral, bastó para arrancar del desierto a esta tierra de Canaán, me digo que, a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero si sopeso todo lo que aquel hombre necesitó, la constancia de espíritu, la determinación en el gesto generoso, para lograr este resultado, me invade un inmenso respeto por ese viejo y modesto campesino que supo llevar a cabo esta obra digna de un Dios.

Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1947, en el hospicio de Banon.

Epílogo

Texto de la carta que el autor, Jean Giono, escribió al Conservador de Aguas y Bosques de Digne, Monsieur Valdeyron, en 1957, acerca de este relato:

Estimado señor:

Siento decepcionarle, pero Elzéard Bouffier es un personaje de ficción. Mi objetivo era hacer que la gente amara los árboles o, más precisamente, plantar árboles (siempre ha sido uno de mis ideales más fervientes). A juzgar por el resultado, este pastor imaginario ha logrado su meta. El texto que leyó usted en la revista Trees and Life ha sido traducido al danés, al finlandés, al sueco, al noruego, al inglés, al alemán, al ruso, al checoslovaco, al húngaro, al español, al italiano, al yiddish y al polaco. He cedido mis derechos de autor para cualquier tipo de reproducción. Un norteamericano vino a verme recientemente para pedirme permiso para imprimir y distribuir gratuitamente 100.000 copias del texto en los Estados Unidos (lo cual, por supuesto, acepté). La Universidad de Zagreb lo está traduciendo al servocroata. Es uno de mis textos de los que estoy más orgulloso. No me aporta ni un céntimo y, por eso precisamente, cumple el objetivo para el que ha sido escrito.

Me gustaría reunirme con usted, de ser posible, para hablar más concretamente sobre la utilidad práctica que podría darse a este texto. Creo que es hora de emprender una «política del árbol», aunque la palabra «política» me parece del todo inadecuada.

Muy cordialmente,

Jean Giono


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close