Zezé

(Capítulo V)

Ángeles Vicente


© texto original del dominio público
Edición original: Librería Fernando de Fe (España), 1909
Texto tomado de la segunda edición de
© Kaótica Libros, 2021
© de esta edición digital:
Líbere Letras, 2022
Asociación Líbere, Educación y Desarrollo,
bajo licencia CC-BY-NC-SA
© Imagen inicial:
Portada de la 2ª edición de Kaótica Libros
Diseño web:
Eduardo Gayo López


V

ꟷPor cuestiones amorosas encerraron en mi colegio a una joven que se llamaba Leonor Portillo, hija de los marqueses del Gomeral. Era rubia, de ojos verdes, y tenía un cuerpo admirable.

En el dormitorio la pusieron a mi lado, y pronto, sin saber cómo, fuimos inseparables compañeras.

Me contaba tantas cosas nuevas para mí que me dejaba maravillada y, al quedar sola pensando en lo que decía Leonor, me preguntaba: ¿será posible? ¿será cierto?

Quedaba muda a mis interrogaciones, y arrepentida de saber, hubiera querido ignorar.

Sentía grandes deseos de huir de ella, pero su mirada, ya de orgullo o de cariño, me fascinaba de tal manera que apenas la veía, me creía dispuesta hasta llegar al sacrificio por conservar su amistad.

Cuando estábamos solas, me cogía de las manos con un abandono que me hacía estremecer, y me besaba nerviosamente. Entonces quedaba abatida y sin valor para nada, hasta que la presencia de alguna compañera me hacía reaccionar al separarse Leonor de mí bruscamente, como cogida en falta.

Comprendí que sor Angélica se daba cuenta de mi cambio, porque al acercarme a ella, alguna vez, me hacía cariñosos reproches, y con una sonrisa muy amable me recordaba las noches que, medrosa, iba a su cama.

Yo me sentía confundida, me hubiera abrazado a su cuello pidiendo perdón y le hubiera contado lo que me ocurría con Leonor, si esta, que no me perdía de vista, no se acercara enseguida con cualquier pretexto, y en sus ojos de tigre leyera un mandato, que yo obedecía, siguiendo su fascinación.

Leonor tenía diecisiete años, yo, catorce; pero era tan alta y desarrollada como ella. Sus caricias, cada vez más expresivas, me hacían sentir sensaciones nuevas que yo no me explicaba. Para ello recurría a Leonor que, con sonrisa maliciosa y lentamente, como gozándose en mi rubor, iba descorriendo el velo de mi inocencia.

Aquellas anteriores horas de paz, de tranquilidad de espíritu y de dulce misticismo comenzaban a desaparecer. Algunas veces deseaba huir del colegio. Estaba cada día más nerviosa, y la monotonía de aquella vida se me hacía insoportable. No encontraba ya placer en nada, y pasaba largos ratos entregada a mi fantasía, construyendo castillos con mis esperanzas y deseos.

Leonor, que comprendía mi situación, redoblaba sus caricias y, para calmarme, contábame sus desilusiones.

Una noche, entrada ya la primavera, se nos ocurrió salir furtivamente a pasear por el jardín. Nuestro parque parecía absorto en una profunda meditación de viejo filósofo. Caminábamos cogidas por la cintura, hablando muy quedo. Las sombras de los árboles, que parecían obstruir el camino blanqueado por la luna, las pasábamos medrosamente.

El silbido de las lechuzas, que en la cercana torre posaban, nos llenaba de estupor; los cisnes dormían en torno al pequeño estanque, y una estrella espejábase tranquila en el agua, como ojo que mirase la limpidez del cielo… Un perro, a distancia, ladró insistentemente, luego más cerca. Era Times que, al reconocernos, lamió nuestras manos y, moviendo la cola, nos siguió gimiendo de satisfacción.

Vagamos inciertas hasta dar con el muro que separa el parque de la calle. Pasaba gente. Un carro resbalaba sobre los guijarros; al chirrido de sus ruedas acompañaba el paso tardo del caballo. Después silencio…

Cansadas y mojadas por el rocío, volvimos al dormitorio. Leonor tropezó en una silla. Al ruido nos pareció oír que sor Angélica se levantaba, y temerosas de ser descubiertas, aunque las cortinas de las camas impedían vernos, nos acostamos apresuradamente.

Creí que apenas había cerrado los ojos cuando tocó la campana de llamada.

Sor Angélica se levantó, abrió las maderas de las ventanas y, como de costumbre, nos fue llamando una a una. Anduvo de un extremo a otro del dormitorio, hasta que todas estuvimos levantadas y listas para oír misa.

Durante el día sentí mucho sueño y los ojos se me cerraban, aunque hacía grandes esfuerzos para tenerlos abiertos.

No comí nada. Una sequedad terrible me abrasaba la garganta y todo me molestaba.

Las risas de mis compañeras resonaban en mis oídos irónicas y grotescas.

Leonor no me habló en todo el día. También ella parecía poseída de idénticas sensaciones y sus ojos, profundos como el mar, tenían un velo de finísima niebla.

Por la noche subimos juntas al dormitorio, sin decirnos palabra, como si nos separase algo infranqueable. Me desnudé en silencio. La charla de mis compañeras fue disminuyendo hasta no oírse más que el suave rumor de las respiraciones. Dormí arrullada por aquel ritmo y abrazada a la almohada, con la cara entre los cabellos, que se me habían desatado. Fue un sueño profundo, del que me sacó la voz de sor Angélica.

Como yo estaba perezosa, Leonor, ya vestida, se acercó a mi cama diciéndome:

ꟷ¿Pero no te levantas?

ꟷ¡Ah!, sí, ya voy.

ꟷ¿Estás enojada conmigo?

ꟷ¿Por qué?

ꟷComo no me hablaste ayer en todo el día, ni anoche….

ꟷHas sido tú…

ꟷ¿Me quieres?

ꟷMucho. Sé prudente, que nos van a oír: ya ves cómo nos miran. Luego, a la hora del recreo, hablaremos.

Efectivamente, a la hora del recreo hablamos mucho sobre nuestras ideas y sensaciones, quedando de acuerdo en que aquella noche saldríamos otra vez a pasear por el parque.

La segunda escapada se verificó como la primera, sin el menor inconveniente.

Una vez en el jardín, y pensando que el jardinero pudiera oírnos, fuimos a pasear por el lado opuesto de su casa, hacia el sitio dedicado a huerta. Íbamos atentas al primer ladrido del perro para llamarle, pero inútil fue nuestra precaución: a Times no le oímos por ninguna parte.

Enlazadas por la cintura, anduvimos mucho. Leonor me contaba la historia de sus amores, y la gran oposición de sus padres porque el novio no tenía bienes de fortuna.

Cansadas ya, fuimos a sentarnos en el cenador que había en un ángulo de la puerta, cubierto por rosales trepadores. El suave perfume de las flores nos producía esa deliciosa embriaguez que hace vibrar a las almas exquisitas. De pronto, vimos aparecer algo como una visión que se nos acercaba. Quedamos sobrecogidas. Al distinguir que era una hermana, nos creímos descubiertas, y mi primer impulso fue echar a correr. Leonor me retuvo por la falda, diciéndome al oído que era sor Luisa, la profesora de dibujo, y que su presencia allí no podía ser por causa nuestra. Quedamos a la expectativa, y al poco salimos de dudas. Sor Luisa, dirigiéndose resuelta hacia el muro que daba a una estrecha callejuela, abrió una puertecilla, que nosotras no habíamos visto hasta entonces, y dejó pasar a un hombre, cerrando después precipitadamente.

Leonor me oprimió el brazo, y la monja volvió sobre sus pasos seguida de aquel hombre, al cual no pudimos distinguir.

Cuando se perdieron a nuestra vista entre los árboles, mi compañera me dijo en tono de satisfacción:

ꟷ¿Qué te parece? ¡Luego dirás que yo soy mal pensada, que invento disparates!

Yo no sabía qué contestar. Tan extraño e inesperado fue aquello para mí que me resistía a dar crédito a lo que mis ojos acababan de ver.

ꟷ¿Qué te parece? ꟷinsistió mi compañera.

ꟷSerá el médico ꟷcontesté ingenuamenteꟷ. Habrá enfermado alguna.

Leonor, sofocó una carcajada, y exclamó:

ꟷSí, sor Luisa está muy grave, y por eso ha venido ella misma a hacer entrar al médico por esa puerta. ¡Qué inocente eres, por no decirte ¡qué tonta!

Como siempre, quedé anonadada ante la malicia de Leonor. Continuaba esta sofocando la risa y gozándose en mi asombro.

ꟷLeonor, calla, por Dios! No digas esas cosas, mira que pueden oírnos. Vámonos.

ꟷNo, yo no me muevo de aquí hasta que nos salga ese… médico, quiero verle la cara… Mira, una vez me contó una compañera de otro colegio en que yo estuve algo parecido a esto, sucedido no recuerdo a quién ni dónde ; pero el caso es que, al esperarse para ver salir al individuo, ¿quién dirás que era?

ꟷ¡Quién sabe!

ꟷ¡El mismo Rey en persona!

ꟷ¡Imposible!

ꟷ¿Imposible? ¿Por qué? ¿Un rey no es un hombre?

ꟷSí, pero….

ꟷSin pero ninguno. Yo quiero ver salir a este que,  si no es el Rey, no será tampoco un soldado…

Siguió contándome todo lo que ella decía saber de los conventos, ya por cuentos de otras, ya por observación propia. Yo insistía en que nos retirásemos; pero a ella, cada vez más firme en su resolución, no le importaba ser descubierta.

Permanecimos allí no sé cuánto tiempo, hasta que vimos aparecer nuevamente a sor Luisa seguida de un hombre fornido, de mediana estatura. Al acercarse distinguimos perfectamente su cara, adornada de barba y bigote blancos, que la luna plateaba. Le reconocimos, y yo reprimí una exclamación, y Leonor una carcajada.

La puertecilla se abrió para dar paso a nuestro personaje, y sor Luisa volvió al convento.

ꟷ¿Puedes dudar ahora? ꟷme dijo Leonor cogiéndome el brazo, retozona.

Guardé silencio.

Sin incidente alguno volvimos al dormitorio. Me desnudé nerviosa y, ya en la cama, permanecí sin poder dormir, escuchando la respiración de aquellos cuerpos abandonados al sueño.

Miles de ideas cruzaban por mi imaginación al recuerdo del hecho presenciado y comentado por Leonor.

De pronto, una boca caliente se posó sobre la mía y una mano ciñó mi espalda; un estremecimiento corrió por todo mi cuerpo. Creía soñar despierta y mantuve los ojos cerrados para no interrumpir aquella sensación tan agradable; luego el soplo suave de un aliento me acarició la cara… abrí los ojos dulcemente y vi a Leonor.

ꟷ¡Ah! ¡Eres tú? ꟷle dije, tendiéndole los brazos.

ꟷSí. Hazme un lugarcito.

La obedecí y se acostó conmigo.

Quedamos un momento en silencio, intranquilas, porque la compañera de la izquierda se había vuelto y los muelles de la cama sonaron bruscamente.

Nos abrazamos embriagadas en el perfume de nuestros cuerpos y el fuego interior que nos abrasaba degeneró en un espasmo voluptuoso.

ꟷDime que me quieres ꟷme decía Leonor, exaltada.

ꟷSí, mucho, mucho ꟷle contestaba, y sus labios, ardientes como una llama, me quemaban al resbalar en una lluvia de besos. Mis miembros se estiraban en suprema convulsión. Perdí las fuerzas… me sentía morir…

¡Oh! ¡Qué momento de olvido y de locura! Nos separamos avergonzadas. El reloj de la iglesia tocaba las cuatro; cerré los ojos; me parecía oír el suspiro de una dulcísima melodía, como si algo invisible me atrajese con suavidad maravillosa.

[…]

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