La isla

Colectivo La Alhóndiga-Sector III

© De los textos:
María Ángeles Mengíbar, Yanira Romero, Carmen Arizmendi, Victoria López, Rosa Serrano y Manuel Flórez, 2021,
miembros de los talleres de escritura creativa La Alhóndiga y Sector III,
dirigidos por Ángeles González y Mercedes Almorox
Relato construido a partir de trabajos de los participantes
© de esta edición digital:
LíbereLetras, 2021
bajo licencia CC-BY-NC-SA
© de la imagen:
Charo Toledano, 2021
Diseño web:
Eduardo Gayo López


Dentro de cada ser humano hay un soñador.

Cuando Cora está sola en casa imagina que
está en un lugar paradisíaco. Sus plantas son
arbustos salvajes. La bañera, un precioso lago
donde se baña. El gato, un león, y los periquillos, pajarillos que revolotean con sus trinos y cantos de rama en rama, por encima de su cabeza.

Estar encerrada aquí es mucho más doloroso
que este nuevo virus que ha salido y está
matando a la gente. Algún día moriré y no
por el virus, sino por mi acompañante.
Acabará absorbiendo toda mi energía
hasta que no quede nada de mí.

La alfombra, hierba verde y fresca. Cuando
se tumba en el sofá a leer puede percibir
el olor a hierba húmeda y es feliz
disfrutando de la paz de su isla.

Cuando son las ocho y las personas se ponen
a aplaudir, una fuerza se apodera de mí y me dice que soy capaz de todo, que puedo con esto y mucho más. Entonces es cuando me acerco rápidamente al hombre del balcón de al lado, antes de que mi acompañante mueva un músculo y me atrape, y le digo que me deje un teléfono para llamar al 112 y decir que me quiere matar. Pero nunca funciona. El hombre solo me mira y me sonríe.

Soy mi palabra. La primera que oyes, la que te amamanta cada hora del día. La que te canta nanas, te lee cuentos en la noche estrellada, hasta el lucero del alba.

Es tu silueta la que me persigue. La noto junto
a mí con unos brazos largos y manos huesudas que quieren atraparme. Lucho y me defiendo. Grito. Yo quiero otra silueta, la que me proporciona la luna en las noches claras del dulce verano. O la otra que me acompaña por la calle viendo a mis vecinos y amigos.
Quiero besar a las personas que amo.
¡Te odio y desprecio!
¡No quiero tu compañía!

Estoy tejiendo un sendero donde brotan
manantiales de agua cristalina, donde entra el sol con alegría, sin tropiezos ni caídas. Por donde te llevaré hasta alcanzar la luna.

Estoy harta, quiero que mi acompañante se calle y me deje tranquila. Son las ocho de la tarde, el señor de enfrente abre las ventanas
para aplaudir a saber a quién y yo aplaudo,
porque siento que me aplauden a mí.

Yo soy una de esas personas a las qué jamás
nadie dio nunca un abrazo, salvo mi madre.
El único abrazo de mi madre lo recibí
dos días antes de que muriera, y tenía noventa y dos años para noventa y tres. Fue algo tan hermoso que todavía siento el calor de su cuerpo tan cerca de mí, cuando la muerte la estaba rondando. Quiso de alguna manera darme la paz que yo tanto
necesitaba para seguir viviendo.

Siento que me dan fuerzas para seguir adelante. Mi acompañante me vuelve a susurrar y yo aplaudo más y más fuerte, mientras me acerco a la ventana. Miro hacia el otro balcón. El señor de al lado me dice algo, pero no le entiendo. Me inclino sobre la barandilla y me dejo caer.

Aquí, en mi isla, estoy solo. Esta vez mi compañera no ha querido venir. La verdad es que aquí el confinamiento prácticamente no se nota, pues, aunque la isla no es muy grande, tiene bastante terreno para caminar o correr, incluso bastante vegetación. Es a la que solemos venir unos días en el verano, para olvidarnos de la presión de los consejos de administración. En la casa tengo de todo y lo único que me preocupa es que me tengo que preparar la comida (esos “abrefácil” me ponen nervioso). Por lo demás todos los días hago lo mismo: desayuno en el balcón por donde sale el sol, me doy una vuelta de una hora por el contorno de la isla; después almuerzo, como si fuera un vulgar currito
en la cocina; y por último ceno en el balcón oriental, para ver el ocaso, y me tomo mi güiski. Sí, es un poco aburrido esto. No hay aplausos. Quizás por eso no quiso venir mi compañera, ni siquiera me dijo adiós cuando se fue a la calle por aquel otro balcón.

1 thought on “La isla

  1. Me parecen unos escritos preciosos, salen de dentro, espero que os sirvan de estímulo , de ayuda…..
    Mucho ánimo a todos , un fuerte abrazo y muchos muchos besos. Y sobre todo gracias por compartirlos, es un tesoro y ahora también mio. GRACIAS. Espe😍

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