¡RRRRRRRR!

Crónica

Gabi Martínez

Extracto (págs. 69-73) de Un cambio de verdad
© Gabi Martínez, 2020
© De la edición impresa:
Editorial Planeta, S.A., 2020
Seix Barral, un sello editorial de Editorial Planeta, S.A.
© de esta edición digital:
Líbere Letras, 2021
Asociación Líbere, Educación y Desarrollo,
bajo licencia CC-BY-NC-SA
© Fotografía de la cubierta:
Gabi Martínez
Diseño web:
Eduardo Gayo López


Abro la mano a modo de visera. El sol de tarde raya el horizonte a la altura de las retinas cuando Miguel exclama la consonante más típica entre los pastores locales:

—¡Rrrrrrrr!

Unas doscientas cincuenta ovejas se recortan contra el crepúsculo incipiente pero por más que se acercan no cambian de color. Los rayos solares matizan los tonos de la lana negra que el otro día comentaban los clientes del colmado. El rebaño reverbera entre haces de luz naranja, morada y amarilla como una auténtica aparición. Nunca imaginé un deslumbramiento así.

—¿Qué te parece?

Qué me va a parecer, si hasta he dado la espalda a sus iris glaucos pese a haberme dejado muy claro que, cuando Miguel Cabello habla, quiere que le mires de frente.

—¿Eh? ¿Cómo lo ves?

Antes de ganadero, Miguel fue pintor «de brocha gorda». Lo ha contado en el coche, después de recogerme en Garbayuela al enterarse de que un forastero quería ver su rebaño. Tiene unas mil quinientas ovejas negras repartidas en cuatro fincas. Las primeras doce las compró en una feria de Zafra. Treinta más en la universidad de veterinaria de Extremadura. Y es que las negras existen pero son pocas y están desperdigadas por rebaños que a menudo las incluyen más que nada por la superstición de que este tipo de oveja rechaza las enfermedades y las tormentas. Los pastores del Alto Aragón siempre cuelan a una negra en sus tropeles a modo de pararrayos y en varios sitios la llaman san Antonio, por san Antonio de Padua, patrón de los animales.

—Mira ese cordero —dice Miguel caminando hacia el grupo de bestias que ha venido a recibirle.

El pequeño tiene ancas robustamente gruesas y una lana todavía no muy larga que le crece en hileras rizadas. La complexión insinúa la potencia de un futuro gran semental. Ese cordero, como todos los demás, es mucho más negro que cualquier adulto debido a que el sol aún no ha desteñido su lana.

—Es un élite —asegura Miguel, aunque enseguida rectifica—. No, no puedo decir eso. No se puede llamar a un animal así ni encariñarse con él porque luego, por lo que sea, se muere a los dos días y entonces qué.

Consiguió cien negras más de un buen rebaño en Hibernando; y ciento ochenta llegaron de Portugal, donde se entroniza a la oveja preta, como llaman a la negra allí. Poco a poco, hasta conformar el rebaño que da sentido a su vida y a la de su familia, «porque esto no va solo de ovejas». Los iris de Miguel se me han vuelto a clavar.

—¿Por qué has venido aquí?

No le van los rodeos.

Le resumo el asunto incluyendo en la historia a mi padre, que fue un pintor de su estilo con un plus decorador, igual que mi tío y mi abuelo. Como de chaval yo los ayudaba a pintar en verano, hablo sobre brochas que mezclan colores, una excusa cualquiera para abordar de nuevo la particularidad del rebaño de Miguel y averiguar que, como a mis mayores, a él nunca nadie le pidió que pintara un cuarto negro, o una cocina o un salón.

—Hay sitios donde el negro no entra. Pero aquí lo he metido yo.

La conversación invita a mirarse las manos. Las mías están tiznadas, las uñas acumulando mugre y los dedos gordezuelos con las yemas tan ásperas que hacen pensar en callos. Vaya. Estoy viendo cambiar mis manos. Quedan lejos de los duros dedos y las palmas gruesas de mi padre pero se les parecen como nunca, cada vez más fuertes e insensibles.

Conversamos rodeados de achicoria, tréboles y verdolaga, además de unas margaritas insólitas considerando la sequía que también marronea Siruela. Para llegar desde este prado al pueblo de Miguel, solo hay que andar unos quince minutos hasta la Cañada Real y seguirla, como han hecho las ovejas durante siglos. Siruela fue capital invernal de La Mesta. Esta desaparecida corporación medieval refleja lo que supuso la merina en España, con reyes, aristócratas y eclesiásticos favoreciendo sus trashumancias hasta poner el país al servicio de los pastores.

«La madre del cordero» es una expresión española que denota la importancia de las ovejas en esta cultura, y viene a significar «el origen de todo lo demás». A menudo se utiliza para hablar de negocios, de dinero, así que resulta casi lógico que la madre del cordero fuera responsable de que miles o millones de ovejas cambiaran de color. El negocio. Cuentan que, en los orígenes, la mayor parte de las merinas eran negras. Pero el color se retocó cuando los comerciantes de ganado detectaron que la lana blanca se podía teñir con cualquier tinte mientras que la negra resultaba inmutable. Era una lana más fina… que no se podía disfrazar. En ese instante, despegó uno de los grandes movimientos cromáticos de la historia animal, consistente en ir borrando a las ovejas negras como si se tratara de manchas mientras se estimulaba el cuidado y reproducción de las pálidas, que hasta entonces eran minoría. La conclusión es que la gran madre del cordero blanco fue, es y quién duda que será, el dinero.

Miguel estuvo en un seminario hasta los diecisiete años. Lo primero que hizo al salir fue reunir unas cuantas ovejas blancas y casarse con Marisa, además de ponerse a pintar. Al seminario se refiere como si aquella experiencia le hubiese escarmentado para siempre pero ya me ha recomendado dos veces que lea un libro sobre Siruela y su virgen.

—¿Crees en Dios o no? —le pregunto.

—Creo en Dios, en la virgen y en los santos, pero no en un sacerdote que me cuente una milonga que le interesa a él. No practico, si es eso lo que preguntas. Pero tengo un sobrino que pronto será ordenado diácono y lo vamos a celebrar a lo grande.

Señala las margaritas en la hierba.

—Salen sin haber llovido. El campo se mueve, tiene más agua de la que creemos. Es increíble cómo sabe resistir. Cómo crece. Deja la tierra sola y verás cómo se cría.

No había visto a nadie conducir con la calma de Miguel. De acuerdo, vamos solos por la carretera, pero nos ha adelantado un perro al trote. Miguel engarfia las dos manos en lo alto del volante y dice: «la negra molesta a muchos porque tarda más en echar lana». Comenta que «la calidad de los pastos es lo que hace buena la lana». Y describe su proyecto familiar centrado en la recuperación de razas autóctonas, porque su familia también cuida de gallinas y pavos extremeños, burros andaluces, cabras retintas… Menciona a su familia con frecuencia, citando los dos apellidos. Cabello Bravo.

—A mí me quedan diez meriendas y quiero dejarles algo que esté bien.

Tres cigüeñas nos sobrevuelan al pasar el puente sobre el río Guadalemar, cuyo cauce fluye bajo. La Siberia suma tres años prácticamente sin lluvias, en verano registra temperaturas que asombran y el futuro se intuye temible.

—Se ha roto el tiempo —dice Miguel.

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